domingo, 13 de mayo de 2018

EL TARRO DE LAS COSAS BUENAS


Un tarro de cristal vacío con tapa dorada. Aquel fue el regalo de despedida que Elena me hizo. Lo cierto es que no esperaba recibir un regalo, aquello fue una gran sorpresa. Sorpresa que se convirtió en extrañeza al abrirlo. Es innegable el hecho de que aquel no era un regalo corriente.

-        Si, un tarro de cristal vacío - fue su contestación a la cara de extrañeza que debía estar poniendo al verlo. - Pero tiene su utilidad. Mayor de la que tú te imaginas.

            Para entender mejor la situación tendría que empezar por el principio. Elena es una chica alegre y muy simpática que conocí un verano en un campamento. Todos los veranos, en julio, mis padres me mandaban al mismo campamento. Decisión sobre la que yo, evidentemente, no tenía voto alguno. Una noche, una chica de mi edad se me acercó y empezamos a hablar. Por lo visto, sus circunstancias eran similares a las mías: le obligaban a ir todos los veranos al mismo campamento, quisiera ella o no. Aquella simple coincidencia, hizo que durante esa noche estuviesemos hablando por horas. Dio la casualidad de que teníamos mucho en común y enseguida hicimos buenas migas.

Eramos inseparables. Ella vivía bastante lejos de mí por lo que los veranos era el único momento en el que nos podíamos ver. Todos los veranos sin falta, nos apuntábamos al campamento para poder seguir en contacto. Sin embargo, aquel verano fue diferente. Elena se mudaba fuera del país por cuestiones del trabajo de sus padres y probablemente no nos volveríamos a ver nunca.

-        ¿Y cuál es? Si se puede saber.
-        Muy fácil - Me sonrió como si la respuesta fuese evidente - La función del tarro es sencilla. Cada vez que te pase algo bueno, por pequeño que sea, escríbelo en un papel, dóblalo y guárdalo en este tarro.
-        ¿Así de simple?
-        Así de simple

            Y así, con esa frase, dio por terminada toda explicación acerca del regalo.

La despedida fue realmente dura. A lo largo de esos años había tenido amigas, pero ninguna como ella. Elena era la persona que alegraba mi vida. Se reía conmigo, era mi hombro sobre el que llorar, me apoyaba frente a los otros aunque no tuviese razón, me decía en privado cuando no estaba en lo cierto, me seguía en todas mis ideas por descabelladas que fuesen… Su partida supuso un vacío más grande de lo que jamás habría esperado.

            Al llegar a casa, deshice la maleta y me quedé un largo rato mirando al tarro, sin saber muy bien que hacer con el. Por un lado, no le veía utilidad alguna, por otro, era el último recuerdo de mi mejor amiga. Al final decidí ponerlo en mi escritorio. “Voy a hacerlo” pensé “Voy a llenar el tarro con cada cosa buena que me ocurra”.

            Empezó el año y fuí llenando el tarro con papelitos. Cada cosa buena que me ocurría, la escribía y la guardaba. Todo era válido, por pequeño que fuera: hoy me han felicitado por el examen de biología, hoy me han animado por el suspenso en matemáticas… y cosas similares. Poco a poco, el tarro se fue llenando y para cuando terminó el año, faltaba muy poco para llenarlo en su totalidad. Mientras miraba ensimismada lo lleno que estaba, entraron mi padre y mi madre en la habitación.

-        Tenemos que decirte algo


            Con esa frase empezaron la explicación de por qué nos mudábamos. Mi madre, había conseguido un ascenso como encargada de una gran multinacional en la otra punta del país. La decisión ya estaba tomada. La casa ya estaba en venta y acababan de comprar otra muy céntrica y a pocos minutos andando de su nuevo trabajo. Además, ya me habían matriculado en un nuevo colegio.

Y así, sin previo aviso, me sacaron de todo aquello que conocía para ir a un lugar que era completamente lo opuesto. La verdad es que los cambios no me asustan por lo general, aunque este intimidaba un poco. El último día del curso, mis amigos me organizaron una fiesta de despedida y me escribieron pequeñas dedicatorias que evidentemente puse en el interior del tarro. Y con eso comenzó mi nueva vida en otro lugar.

            El verano pasó volando con la mudanza y antes de darme cuenta, estábamos a primeros de septiembre. Todo era nuevo para mí: nuevo curso, nuevo colegio, nuevos compañeros, nueva ciudad, nueva casa… Aún así, tenía la esperanza de que no resultase tan difícil como aparentaba.

No podía estar más equivocada.

            No recuerdo haber pasado un año tan duro. El primer día de clase, nuestra tutora, me sacó para presentarme. La presentación fue la que todos los profesores hacen a los alumnos nuevos, nada fuera de lo común: mi nombre, de dónde venía y luego, ya dirigiéndose a la clase en general, que hicieran lo posible porque me sintiera integrada. De hecho, los primeros días transcurrieron con bastante normalidad. Como acababa de llegar, aún no había hecho ningún amigo cercano pero me llevaba con todos medianamente bien.

            Un día sin embargo, noté cómo la gente se comportaba de manera más distante conmigo. Al principio supuse que se trataba tan sólo de imaginaciones mías pero con el paso de los días se hacía cada vez más evidente. Me preguntaba a todas horas el motivo de aquel repentino distanciamiento, pero no llegaba a ninguna conclusión lógica. Al final resultó que no la tenía. Por lo visto, la más popular del curso, por algún motivo que aún a día de hoy desconozco, decidió que no le caía bien y que por tanto, al resto del mundo tampoco. Sinceramente, yo pensaba que cosas así sólo ocurrían en las películas de adolescentes. Sin embargo, ahí estaba, protagonizando una de esas películas. A diferencia de que aquello era real, muy real.

            Con el tiempo, tal y como describe el efecto mariposa, el vuelo de una mariposa se acaba convirtiendo en huracán. Aquel distanciamiento, se convirtió en burlas, las cuales acabaron por convertir mi vida en un infierno. Todos los días, entraba temerosa por la puerta de entrada y recorría los pasillos con la cabeza gacha para no establecer contacto visual con nadie. Llegué a conocerme aquellos pasillos como la palma de mi mano. Sabía donde acostumbraba a estar quién y a qué hora. Conocía todas las maneras posibles de llegar a mi destino y sabía cuáles me permitían llegar de manera que me cruzara con el menor número de personas posibles.

            Visto ahora con perspectiva, describiría mi actitud como cobarde. El problema es que esto no es un libro donde el protagonista hace frente a sus problemas con valentía y todo termina solucionándose. En la realidad, sencillamente es más fácil huir. Al final, está en nuestra naturaleza. Es un impulso instintivo el huir del peligro.

Fuera como fuere, el problema siguió creciendo hasta aquel día.

            Ese día, fue con diferencia el peor de todos. Fue el momento en el que la caída llegó a su punto más bajo. Aquel día, me encontraba asolada. Había decidido que aquello iba a ser el final. Iba a hacer que acabara de una vez por todas. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tenía?
Ya en casa, no pude aguantar más y me vine abajo. Todo lo que me había ocurrido hasta el momento se me echó encima de golpe. Era incapaz de ponerme en pie, todo aquello pesaba demasiado como para que pudiera levantarme, por lo que simplemente me dejé caer. Como suma a todo lo que ya llevaba, tiré accidentalmente una pila de cajas que seguían aún amontonadas desde la mudanza. Aquello sólo fue una gota más en el océano de desgracias que me habían ocurrido para entonces, pero sirvió como detonante para que me viniera abajo en un mar de lágrimas.

Con los ojos vidriosos y sin apenas distinguir las formas a mi alrededor, un brillo particular al otro lado de la habitación llamó mi atención. Haciendo un gran esfuerzo, logré llegar sin chocarme contra nada y alargué la mano hacia aquella cosa brillante: el tarro. La luz contra la tapa dorada más las lágrimas hacían que aquel brillo resaltase con más intensidad

            Hacía mucho que no pensaba en el tarro. Con la mudanza, se había perdido entre las cajas y como tampoco había habido nada que requiriera su uso, no lo había echado en falta. Debía haberse caído y rodado hasta ahí al tirar yo las cajas. Secándome las lágrimas con la manga, abrí el tarro y lo volqué. Me puse a leer todos y cada uno de aquellos trocitos de papel. Allí, sentada en el suelo, la alegría y la nostalgia me fue invadiendo gradualmente. Cada pedazo de papel, contenía un recuerdo feliz o cómico. Estuve un largo rato ahí sentada leyendo. Al estar doblados ocupaban poco espacio y el tarro tampoco era pequeño por lo que había suficientes como para estar leyendo durante mucho tiempo. Por fin llegué a aquellas dedicatorias que mis amigos me habían escrito:

Tessa:

Sabes que te echaremos mucho de menos, no hace falta que lo diga. No te olvides de escribirnos de vez en cuando y sobretodo, ven de visita alguna vez. Te estaremos esperando con los brazos abiertos.

          Diane
Tessa:

Las clases ya no serán lo mismo sin ti. Más te vale venir de visita alguna vez, eh?

Lucas
Tessa, cariño:

Te echaré muchísimo de menos. ¿A quién peinaré yo en clase de francés ahora? Ven de visita, ¿vale?

Chloe

Tessa:

No te olvides de nosotros, ¿vale? Recuérdanos a nosotros tus amigos, que seguimos aquí en el sitio que dejaste. Vuelve alguna vez y no te olvides de saludarnos.

Bruno

              Sinceramente, nunca me he considerado una persona que se emociona con mucha facilidad pero aquello sirvió para que una extraña sensación de calidez me invadiera. Las lágrimas de tristeza fueron sustituidas por lágrimas de alegría.

Mientras volvía a guardar todos los papeles en el tarro, me fijé en algo en lo que no había reparado antes. La tapa dorada tenía algo raro por dentro. Alargué la mano para averiguar qué era y me di cuenta de que ese algo era un trozo de papel dorado que estaba pegado a la tapa. La nota decía así:

Tessa, mi gran e inseparable amiga Tessa. La posibilidad de no volver a verte nunca me resulta muy dura y aunque no es exáctamente mi culpa, me siento un poco responsable por abandonarte. Por eso, quiero que sigas teniendo a alguien (algo en este caso) que te sirva como hombro sobre el que llorar.

La nota estaba estratégicamente escondida para que, sólo en caso de que abrieses el tarro para leer lo que en él habías guardado, la vieses. Lo sé porque me aseguré de que quedara oculta la mirases del ángulo del que la mirases y porque para guardar un simple papelito no te fijas en la base de la tapa.

Si estas leyendo esto, puede ser por dos razones. La primera, que eres tan curiosa que has analizado este tarro a fondo con el fin de averiguar su utilidad. La segunda, que te encontrabas tan triste que te has puesto a leer los papelitos que habías guardado, con la intención de que te hicieran sonreir y al ir a poner la tapa te has dado cuenta de la existencia de la nota. Y esa es la función del tarro: lograr sacarte una sonrisa en los peores momentos ahora que yo ya no estoy ahí.

Por eso, quiero que mires al frente, que camines con la cabeza bien alta y que hagas caso omiso de lo que ocurre a tu alrededor. Que sigas adelante. Te conozco, eres fuerte y tu puedes con cualquier dificultad que se te ponga en el camino. Pero debes hacer algo más: pedir ayuda. Sé que a veces te cuesta, pero si no, es prácticamente imposible que la situación mejore. Prometeme que lo harás


Te quiero y siempre te querré. No lo olvides.
Tu amiga inseparable:
Elena

              Me gustaría decir que de ahí en adelante todo fue a mejor. Que todos empezaron a ser mis amigos, que dejaron de acosarme, que mi vida empezó a ser genial y que todos nos pusimos a cantar y a bailar al unísono, pero no puedo. Como ya he dicho antes, esto no es una película o un libro en el que todo se soluciona al final. La realidad sencillamente no es así.

La situación siguió exáctamente igual que antes, solo que ahora contaba con un apoyo extra. Todos los papelitos, las notas de despedida y especialmente la nota de Elena, me ayudaron a seguir adelante. Los peores días, las leía y releía. Seguí el consejo de Elena y les conté la situación a mis padres. Juntos decidimos que lo mejor era que al curso siguiente fuese a otro colegio. Y así lo hicimos.

Hay que hacer lo posible por no venirse abajo, porque, aunque a veces es inevitable, no va a cambiar nada. Hay que levantarse y buscar una solución. También es necesario tragarse el orgullo de vez en cuando y pedir ayuda. Es más eficaz de lo que parece. Lo creais o no, lo del tarro de las cosas buenas funciona. Escribe aquello bueno, por pequeño que sea en un tarro o una caja y leelo cuando te sientas decaído. Te ayudará a sacar una sonrisa y a recordarte que no estás solo.

Paula García Lasa, 1ºB


BIOGRAFÍA DE JUAN MANUEL LORENZO REINÉ. MI PADRE.


Juanma Lorenzo nació el 15 de febrero de 1967 en Donostia/ San Sebastián. Es hijo de Manuel y María Luisa. Tiene una hermana dos años menor, Pilar, a la que admira.
D conflictos sociales que se creaban en la fábrica Michelin. Raro el día que no iba la policía y se liaba por todo el pueblo. Estos acontecimientos marcaron la infancia de muchos niños en aquella época.
Junto a sus amigos, le gustaba organizar excursiones en bicicleta para robar manzanas a los caseros de Zubieta. Acababan siempre perseguidos por ellos y sus perros. Pasaban el día en la calle. En invierno, construían cabañas con palos, maderas y plásticos, y mientras llovía, pasaban horas protegidos en el interior creyéndose así los niños más fuertes del mundo. No había día en que no apareciera con una herida en la cabeza; bien por una piedra arrojada por algún enemigo o bien por una caída de la precaria bicicleta.
En esos años, no era habitual que los niños tuvieran juguetes, por eso, sin pensar en algo que no tenía, Juanma se fabricaba sus propios juguetes. Con ruedas viejas, un poco de madera y unas cuerdas, eraurante los dos primeros años de su vida vivió en San Sebastián, y posteriormente hasta los 14 años residió en Lasarte (Gipuzkoa). Tuvo una infancia rebelde, diría yo que un poco más de lo normal. Siempre dice que su infancia fue feliz, a pesar de las dificultades sociales que vivieron en aquella época. Había problemas económicos, huelgas y los capaz de hacerse unos patines. Poco más tenían, además de balones de plástico, palos y piedras de las obras.
Ahora entenderás por qué anteriormente definí su infancia como "algo rebelde".
Le apasionaban los caballos de carreras, por lo que cada mañana madrugaba para verlos entrenar en el hipódromo desde el balcón de su casa. No faltaba ningún domingo a las carreras de caballos.
Esta era la vida de un niño de 8-10 años en esa época. Ajetreada y rebelde, pero muy feliz.
De los diez hasta los catorce años estudió en el Colegio Santa Rita, de los Padres Agustinos, en el barrio del Antiguo de San Sebastián. Siempre escuché a mi padre que tenía buen recuerdo del colegio.
Con catorce años recién cumplidos, junto a su familia, se trasladó a vivir al barrio de Amara de San Sebastián. No fue fácil, ya que a ningún niño con esa edad le gusta que lo separen del grupo de amigos que ya tiene formado.  Quizá esta época, hasta los 18 años, fue la que más le costó cruzar.
Comenzó sus estudios de bachillerato en el Instituto Peñaflorida de Amara. El cambio de ciudad, la búsqueda de nuevos amigos y el cambio de centro, supusieron dificultades añadidas a las propias de la edad.
Encontró en el tenis de mesa la válvula de escape para superar sus dificultades. Los entrenamientos, partidos y torneos le ayudaron a enfocar su adolescencia. Además, entrenó a un equipo de niñas que fueron campeonas de Euskadi durante tres años seguidos.
Terminado el bachiller, comenzaron sus primeros problemas de salud. Durante semanas, fuertes dolores abdominales e importantes pérdidas de sangre le acompañaron hasta que los médicos encontraron el diagnóstico definitivo. Colitis ulcerosa. En estos momentos Juanma iniciaba sus estudios de Ciencias Empresariales (1985). Durante los años que duró la carrera, fue miembro fundador de la Asociación Internacional de Estudiantes de Ciencias Empresariales. Organizaba y acudía a numerosas charlas, conferencias y congresos de estudiantes. Esta experiencia le ayudó a completar sus estudios y sería de gran ayuda para su futuro profesional.
Durante el último año de carrera, (1988-89) una hepatitis de origen desconocido le mantuvo en la cama durante un periodo de tres meses sin salir de su habitación. Tras este tiempo y después de infinidad de estudios y pruebas médicas, fue diagnosticado de colangitis esclerosante primaria. Era el primer diagnóstico de esta enfermedad en Gipuzkoa. Poco se conocía de esta enfermedad, salvo que no tenía curación y que con el paso del tiempo le llevaría a un inevitable trasplante de hígado.
A partir de ese año, su vida ha estado marcada por el devenir de estas dos enfermedades autoinmunes (es el propio cuerpo quien las crea). Ese verano de 1989 conoció a Belén, la que años después sería mi madre.
 A pesar de todo, una vez terminados sus estudios, permaneció durante dos meses de prácticas de trabajo en una gran empresa de Oporto (Portugal), la cual le permitió completar su formación académica.
Debido a sus enfermedades fue eximido de realizar el servicio militar obligatorio.
Sus inquietudes, ganas de trabajar y de seguir aprendiendo, le ayudaron a encontrar trabajo en un despacho de auditoría de San Sebastián. Eran los años del auge de esta profesión y existía gran demanda de jóvenes recién licenciados. Era su primer trabajo el que se convertiría en su profesión hasta el día de hoy. Fueron años muy duros. Muchas horas de trabajo y largos viajes, a los que había que añadir la dificultad de convivir con los problemas que generaban las enfermedades.
Juanma se casó con mi madre el 22 de julio de 1995. Hasta el nacimiento de su primer hijo, tuvieron la fortuna de viajar a unos cuantos países del extranjero. Conocieron Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Panamá, Turquía, Túnez y varios países de Europa.
En 1999, Juanma y Belén decidieron tener su primer hijo. Era deseo de ambos que ese primer hijo fuera adoptado. Sin perder más tiempo iniciaron los trámites necesarios para adoptar en la República Dominicana. Durante tres meses convivieron en Santo Domingo, los padres y su bebé, que entonces tenía quince días de vida, Alex. El tiempo y el dinero invertido no es nada cuando alguien lo es todo. Alex nació el 29 de abril de 1999. Siempre escuché a mis padres que esos fueron los días más felices de sus vidas, ya que fueron recibidos con mucho amor.
Dos años y medio después, el 4 de septiembre del 2001 nació Paola; hija biológica que completó los deseos de formar una familia. El deseo de Belén de tener una hija se hizo realidad.
Durante estos años posteriores al nacimiento de sus hijos, Juanma sufrió las consecuencias y los síntomas de sus enfermedades. Numerosas pruebas médicas de control, ingresos hospitalarios y la gran cantidad de medicación ingerida, fueron gastando de forma cruel el organismo de mi padre.
En febrero de 2014 su hígado dijo basta. Largos años de enfermedad terminaban en una cirrosis hepática que le hizo acercarse a su primer trasplante. En marzo de ese año entró en lista de espera y a finales de julio recibió su primera llamada. Primera llamada, porque hubo una segunda. El primer aviso fue fallido, porque el órgano que se le iba a trasplantar no estaba en las condiciones deseadas. Mi padre no se desanimó y quince días después recibió la segunda llamada desde el Hospital. Había un hígado para él.
Fue una dura experiencia para todos, pero mi padre consiguió seguir abrazando a la vida. Porque al igual que yo, mi padre ama la vida y no quería despedirse de ella tan pronto.  A partir de este momento Juanma dedicó su tiempo a hacer deporte y a cuidar ese preciado regalo que un donante y su familia le ofrecieron en un gesto maravilloso de generosidad.
Juanma tuvo tiempo de escribir un libro dedicado a la donación y el trasplante. También participó en charlas y entrevistas de radio contando su experiencia. Dos años y medio después, en febrero de 2017, en el momento menos esperado, su hígado volvió a contraer la enfermedad inicial, lo que le volvería a llevar a su segundo trasplante. Desde esa fecha hasta hoy han sido quince ingresos hospitalarios, quince procesos de colangitis bacterianas de repetición, tratados solo con antibióticos y que le llevaron al inevitable segundo trasplante. Cerca de 150 días de su vida ingresado en un hospital, hasta hoy, día en que ya vuelve a casa tras un duro proceso para toda la familia.
En palabras de mi padre: “para aprender a vivir solamente hay que querer hacerlo, y que la vida a veces te da lecciones magistrales, a través de cursos acelerados y te obsequia con tiempo para que aprendas rápido y puedas así, compartirlas con los demás. Y de esta forma quiero vivir a partir de ahora. Solo deseo dar y compartir. No necesitaré nada más.”

Creo que nunca leí o escribí una biografía mas bonita. Es la biografía de mi héroe, la de mi padre.

Paola Lorenzo.